lunes, 26 de septiembre de 2011

Diego, parte XI / Nueve años, parte III

Ésta entrada va a ser probablemente la más corta y la última de la serie de Diego. El 11 es un número bueno también para terminar series de entradas, porque es el número 1 dos veces, y porque además es un número primo. ¿Y por qué la última? Porque hoy, oficialmente, me rindo.

Así es, me rindo. O, mejor dicho, apenas empiezo a esforzarme por lograr lo que debí intentar desde el inicio: des-obsesionarme con Diego y con todas las demás personas con las que tengo una obsesión, y, por fin, dedicarme a ser. Porque no soy, estoy. Estoy y no soy (?). Bueh. Lo que quise decir (?), es que al fin voy a hacerles caso a los únicos dos que se leen mis entradas completas, y voy a dedicarme a, como Platei decía hace poco en su blog, dejar que las cosas fluyan sin intervenir en ningún sentido e intentar olvidar la obsesión que tengo con Diego y centrarme en otras cosas. La vida sigue, la gente existe. La gente existe. La gente ama. La gente se divierte. La gente siente. La gente ES, y es gente. Y todos somos gente.

Durante los últimos años me he olvidado incontables veces de eso. La gente existe y ríe y juega y tiene sentimientos y desarrolla afecto por más gente. Yo me limito casi a existir nada más. Aunque no es tanto que me haya olvidado de eso. Ésta entrada también lleva por título Nueve años, parte III, porque es la continuación de Nueve años, parte II a la vez que una fusión de la serie Nueve años con la serie Diego. En Nueve años, parte II, hablaba acerca de que en algún momento de mi vida, probablemente por el tiempo de lo de Diego, desarrollé una incapacidad para sentir afecto por nadie más, de forma que ahora no puedo querer a nadie y muy probablemente no voy a tener novia en toda mi vida. De hecho ya la tuve, pero no se le podría considerar novia en toda la regla. Simplemente me preguntó si quería ser su novio, le dije que sí, no hicimos nada juntos y la corté una semana después. Pero bueh, ella me decía que me quería mucho y creo que esperaba que yo le dijera lo mismo, pero nunca se lo dije. Y, algo más, me sentía extraño cuando me decía que me quería. No "extraño" en el sentido de "ah, es que se siente re bien porque a mí nunca antes me lo habían dicho", no. "Extraño" en el sentido de que me sentía completamente incómodo. No me gustan las manifestacines de afecto entre personas.

No sé qué me pasó. Yo no era así. Yo era un humano sentimental un día hace unos años, y de repente me he terminado convirtiendo en un robot analítico que piensa más de lo que debería, que no sabe relajarse ni divertirse porque siempre está pensando en otras cosas y preocupándose por otras más, que no se da el lujo de alegrarse o entristecerse por nada y que siempre está calculando y nunca le deja nada al azar ni al instinto. Ahí tienen cuando iba a conversar con Diego: estaba analizando detenidamente cada una de mis opciones tan rápido como podía. Ya había planeado un poco cómo iría la conversación, por lo que tenía una base, y cuando empecé a hablar tuve que re-analizar mis opciones y decidir rápidamente cuál diría. En ningún momento dije lo primero que se me vino a la mente, ni me relajé completamente: estaba ahí, siempre pensando.

Me recuerdo - yo me recuerdo a mí mismo (?) - a Grimmer, un personaje del manga Monster, de Naoki Urasawa. Grimmer (btw, SPOILER) estuvo internado un tiempo en un orfanato en el cual experimentaban con niños. Eran experimentos psicológicos. Los niños estaban expuestos a un ambiente de crueldad y odio intensos, lo que llevaba a muchos a adoptar conductas violentas y otro tipo de cosas. Entre algunos de ellos se formaron lazos de amistad, de cualquier manera. Pero entonces ellos empezaban a sufrir ataques de amnesia, olvidaban cosas (hacían experimentos inyectándoles sustancias y haciéndoles respirar extraños gases también, y la amnesia era un efecto secundario), y se pedían entre ellos que se acordaran de sus nombres. "Acuérdate de mi nombre por mí", les decían, y ellos intentaban recordar las caras de sus amigos. En fin. Grimmer, cuyo nombre real no es ése porque lo olvidó, desarrolló unas curiosas características psicológicas en ese orfanato, entre ellas, la imposibilidad de sentir. Él sí que es un robot en toda la extensión de la palabra: nunca está feliz ni triste, no ama ni odia a nadie, no siente miedo ni esperanza... no hace nada, no siente nada. En años posteriores fue a una academia para espías en la que le enseñaron a sonreir, a llorar y a hacer muchos otros gestos y cosas para que pareciese un humano con sentimientos, y a pesar de que en casi todo el libro se le ve con una enorme sonrisa (que no quita ni siquiera en situaciones de riesgo o tristes), luego se revela su historia: después de salir de la academia y trabajar como espía, una mujer le preguntó si quería casarse con ella. Él aceptó, y se casaron, y tuvieron un lindo hijo, que desafortunadamente contrajo una enfermedad terminal a la edad de nueve años. Y ahí estaba Grimmer, en la habitación del niño en el hospital, viéndolo internado ahí, muriéndose. ¿Y qué hizo? Se quedó serio. No sabía qué hacer. No sabía qué se suponía que tenía que hacer. ¿Debía sonreir para mostrarle su apoyo al niño? ¿O debía llorar? ¿Y, si debía llorar, con qué intensidad debía hacerlo? Y ahí se quedó, serio, sin sonreir ni llorar, ni ponerse triste ni nada. Y su hijo murió. En el funeral tampoco lloró. Le habían enseñado cómo poner cara de triste, cómo poner una larga sonrisa, cómo llorar... pero no le enseñaron cómo sentir. Después de eso su esposa se divorció y a él le dio lo mismo, porque él no amaba a su esposa. Terminó convirtiéndose en un robot que razona y puede tomar decisiones, y nada más.

Yo no estoy TAN mal, a comparación de Grimmer bien podría ser una persona normal. Pero eso es ahora. ¿Qué pasaría después si sigo así? Ahora mismo el contacto físico, el que la gente use camisa de manga corta o no use camisa (la gente que va a los balnearios y se entra al agua sin camisa, por ejemplo), el que la gente se junte con más gente y pueda desarrollar un lazo de afecto, todo eso me parece completamente anormal e inentendible. Y, sin embargo, es lo más normal del mundo. Y yo soy gente también. Por el tiempo de Diego (alrededor de hace cuatro años) consideraba al contacto físico normal, me acuerdo bien de ello. Quizá para ese tiempo ya no usara camisa de manga corta, pero el contacto físico sí que era normal y me permitía tocar a las personas. Ahora no me lo permito. Hace años que no toco a nadie más de lo estrictamente necesario, y por ésto entiéndase saludar gente con la mano y tocarla en ocasiones en las que estoy casi obligado a hacerlo por algún motivo. Tampoco es que me guste mucho que me toquen. La mayoría de las veces, si alguien me pone la mano en el hombro, sea quien sea, mi madre, mi padre, alguien que conozco de hace muchos años, me siento incómodo. Lo mismo si me tocan en cualquier otro lugar, claro, lo del hombro era sólo por dar un ejemplo.

Bueh, dije que iba a ser la más corta de las entradas de Diego y terminó quizá no siéndolo. Como sea, me rindo al fin. Mi lema era "Nada es imposible si estás dispuesto a trabajar por ello", y estoy seguro de que si no me rindiese podría conseguir averiguar por qué Diego no hablaba. Pero él ya me habló, y la última vez que lo ví para que me entregase los trabajos de Arte QUIZÁ FUÍ YO, y muy probablemente sí haya sido yo, pero creí que se alegraba de verme. Eso, o se alegraba de que ya no iba a tener que estar cargando con mi bloc de dibujo. Estaba sonriendo, por lo menos, no importa la causa. Yo había planeado ofrecerle un dulce, así que antes de acercármele tomé uno de los dos dulces que había puesto unas horas antes en el bolsillo de mi pantalón y me lo eché a la boca, con la basura aún en la mano. Y entonces fue cuando me le acerqué y le dije lo del dibujo. Y luego hice como que me había dado cuenta de que tenía la basura de un dulce en la mano, y saqué el otro del bolsillo y le dije (mientras él buscaba mi dibujo) "¿No quieres un dulce?". Pero, ¿qué creen? Que me dijo que no e.e. Por lo menos lo hizo con la vozz ¬¬, pero no estaba en mis planes. Se lo volví a ofrecer y me volvió a decir que no. Y entonces yo debí decirle "Pues ni modo, ahora te lo comes" y se lo debí haber puesto en la mano, pero no sé por qué no lo hice. En ese momento no se me ocurrió.

A lo que iba, aún con mi lema de que nada es imposible si se está dispuesto a trabajar por ello, voy a dejar e intentarlo porque en éste preciso momento, creo yo que él no tiene nada contra mí ni yo contra él. Él ya me habló, yo ya me aprendí su tono de voz y si fuera un poquitín menos rasposo (es rasposo seguramente por los cambios propios de la adolescencia) sería bastante agudo, igual y por eso no hablaba: tenía voz de niña. Aunque no estoy completamente seguro. UH POR QUÉ NO HABLABA? Bueh, a quién le importa. A mí. Bueh. A mí no, quise decir. Quise, pero no pude. Uh quién me entendía? Bueh. La cosa. Fue bonita la obsesión mientras duró pero ahora tengo otras cosas qué hacer más urgentes. Necesito empezar a atender mis propios problemas, necesito empezar a ser más humano y menos analítico de lo que he sido hasta ahora. No me pregunten cómo le voy a hacer, pero nada es imposible si se está dispuesto a trabajar por ello y a no rendirse hasta conseguirlo.

Un saludo a los únicos dos que llegaron hasta acá leyéndose todo y a los seguramente muchos que bajaron sin leerse la mitad xD!

TréboL

PD: Soy humano e.e.

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