lunes, 3 de octubre de 2011

Ignacio - Cuento corto

Por el festejo de que acabo de publicar el capítulo 11 de 3dW4Rd y que ya casi no estoy espiando a Diego (no sé qué tenía que ver), hago la publicación de éste cuento corto de nombre "Ignacio" que guarda relación con la novela 3dW4Rd que estoy escribiendo y publicando por capítulos ahí en el link que dejé arriba. El cuento no está completamente revisado, lo escribí en media hora para mi clase de Lectura y Redacción, no es tan largo como me gustaría ni explica muchas cosas y, además, cambia algunas respecto a lo que yo originalmente había pensado (pueden leer un poco acerca de Ignacio en la ficha de personaje de Eduardo, aquí). Quizá después, cuando tenga tiempo, relea el cuento y quizá incluso lo reescriba y luego incluso lo publique dentro de algún capítulo de 3dW4Rd, en forma de explicación a por qué Eduardo siente la necesidad de ayudar a Max. Sin más qué decir, aquí el cuentecillo tal y como lo escribí:

Ignacio

Eduardo estaba sentado en una apacible banca cuya apariencia denotaba que había estado ahí desde hacía quizá décadas completas. A su lado, unos bebederos que nadie usaba nunca, ni siquiera él... y, sin embargo, tenía la cara mojada. Lloraba. Lloraba inconsolablemente, y su llanto se habría oído hasta el patio de la escuela si no hubiese sido porque el resto de niños gritaban a su alrededor, reían y jugaban, ignorándole, sin importarles nada ni nadie.

María Eduardo tenía siete años. Siete años únicamente. Lloraba porque Benji, Benjamín, había estado burlándose de él de nuevo, y poruqe, de nuevo también, habían terminado peleándose a golpes y él le habían ganado cuando le tiró un golpe en el pie. Aún le dolía.

¿Y por qué se había burlado Benji? Por su nombre. María. Un nombre de mujer en un chico. Qué vergüenza. ¿Por qué le habían puesto ESE nombre, si existían tantos otros nombres de hombre mejores?

Estaba tan ensimismado llorando que apenas pudo notar que otro niño más, al fin, se le acercaba. El niño se sentó como pudo en la misma banca que Eduardo, esperando que no se cayera de lo vieja que era y que pudiese soportarlos a los dos.

- Hola - Dijo el niño que había llegado, anunciando su presencia.

Eduardo no supo qué hacer. No le gustaba llorar, porque los nombres no lloraban. Los hombres no lloraban. Nunca.

Se limpió las lágrimas con la manga de su suéter pero, de cualquier forma, no volteó a ver a su nuevo compañero.

- Hola - le contestó fríamente.
- No tienes por qué avergonzarte - Le dijo él -. Eres humano, ¿sabes? Los humanos lloramos. Yo también he llorado.

Hubo un momento de silencio en el que Eduardo no supo qué hacer. ¿Qué estaba diciendo el otro niño? ¿Por qué estaba ahí?

- ¿Por qué lloras? - Le preguntó.

Eduardo no supo qué contestarle. Se sentía incómodo con ese desconocido ahí, pero, por primera vez, se permitió voltear a verlo.

Una cara grande y sonriente volteó a verlo. Era suave, sin imperfección alguna, con pelo negro y algo largo y un extraño pero amistoso copete en su cara. Sus ojos de color verde parecían ensimismar y atraer a cualquiera que los veía al grado de hipnotizarles, y su enorme sonrisa triste sólo le daba un toque místico.

- Por nada - Contestó al fin.

Entonces ocurrió algo inesperado. El niño le puso la mano en la espalda, en señal de apoyo. Nunca le habían hecho eso antes.

- Entonces sigue. Nunca es mejor callar y guardarte lo que sientes. Sigue llorando por "nada", voy a estar aquí esperando.

La reacción de Eduardo fue un tanto confusa incluso para él, pero de repente sintió ganas de contarle todo, así, de improviso, sin conocerlo antes.

- Se están burlando de mi nombre - le dijo, un poco más calmado.
- ¿Y cómo te llamas?
- Tengo un nombre tonto.
- ¿Y cómo te llamas? No me voy a burlar, te lo prometo.

Eduardo decidió que podía confiar en él después de un segundo de sopesar sus opciones.

- María Eduardo Vargas López - Le contestó volteando hacia el suelo.
- Ah, no es tan malo el nombre - Comentó, sonriendo.
- ¡¿Que no, dices?! - Girtó. Se sentía frustrado, porque pensó que el niño lo comprendería y no era así -. ¡Es un nombre de mujer! Tú no tienes que ir soportando por ahí tener un nombre de niña y que se burlen tus compañeros y... y que luego te peguen... y... y...
- ¿Y qué?
- ¡¿Cómo que "y qué"!? ¡No entiendes! Tú no sabes cómo se burlan.
- ¿Y? Es tu nombre, y es sólo un nombre. No es nada más.
- ¿Cómo te llamas tú? - A Eduardo le ganó la curiosidad.
¿Yo? - Inquirió el niño, algo extrañado -. Ignacio Guadalupe Chávez Hernández. - Y puso una sonrisa cómplice mejor que la que tenía antes.



Pasaron los días, pasaron los meses. Ignacio y Eduardo se hicieron amigos hasta que Ignacio tuvo que dejar la ciudad. Después de eso, cada quien siguió por su camino, pero Ignacio fue una de las mayores motivaciones de Eduardo y quien le enseñó que no importaba lo que los demás dijeran sino lo que uno pensara de sí mismo.

TréboL

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