Si recuerdan bien, les había dicho que el día de ayer, martes, iba a hablar con el P. Alejandro. Esto porque tengo que hacer la carta de renovación de votos, que antes de mi experiencia en Panamá (y aún en medio de ella) no estaba seguro de pedir. En algún momento entre el final de la experiencia allá y estos dos días que he tenido de EE. EE. he decidido que sí voy a pedir la renovación. Algunas conferencias que ha dado el predicador, la lectura de éste librito sobre espiritualidad de mi Congregación que traje a los EE. EE., los momentos de oración y reflexión que me he dado el tiempo de tener y el encuentro con los hermanos me han hecho decidirme a seguir aquí. En la plática que tuve ayer con el P. Alejandro le hice un pequeño resumen de cómo estaba hasta el momento: le dije las dificultades por las que había pasado, le dije que de repente la vida religiosa me parecía más una obligación que cumplir que algo que quería hacer porque lo disfrutaba, por amor; que había estado dudando seriamente sobre la existencia de Dios, que creía que de repente en la comunidad me había vuelto más amargado, más criticón, menos fraterno; le platiqué lo mucho que había descuidado mi vida de oración y que no me sentía con las fuerzas suficientes para cumplir con los compromisos de la renovación por mí mismo: iba a pedirla, pero necesitaba la ayuda de la comunidad, la ayuda de Dios. También le dije que necesitaba cambiar de director espiritual porque – asumiendo la responsabilidad completa de la dirección espiritual, que me corresponde sólo a mí – no me estaba ayudando el estilo de mi actual acompañante espiritual. Le dije que ahora, dos años después del Noviciado, cuando la parte romántica e idealista había cedido ante la realidad de rutina, esfuerzo, perseverancia y compromiso de la vida religiosa, la vida color de rosa que había imaginado ahora se teñía de distintas tonalidades, entre las cuales también existía la oscuridad del negro y la monotonía del gris. Bueno, ésto último no se lo dije así xD, la parte poética la acabo de agregar. He de admitir que omití decirle lo relacionado con Carlos Mendoza, que a ustedes ya les platiqué, y tampoco le dije lo de Illescas, que no les he platicado y no sé si les platicaré.
La respuesta del Padre fue muy positiva. Me dijo que él creía que era normal, no era nada fuera de lo común. Me dijo que todas eran cosas que a él mismo le habían sucedido en algún momento, y que ninguna era contraindicación para seguir en el caminar. Me instó a seguir apoyándome en la comunidad, en los hermanos, a buscar mi nuevo director espiritual. Me dijo que hacer la renovación de votos pensando que uno podía cumplirlos todos con sus propios medios era una estupidez: que lo correcto era tener la buena disposición y confiar en que Dios y la comunidad nos iban a apoyar para lograrlo, que fue más o menos lo que yo le dije. No recuerdo si dijo más cosas, pero sí recuerdo que salí confiado en que todo iba a estar bien y en que, por más bajo que hubiera caído antes y por más falto de fuerzas para seguir en el camino que me sintiera antes de esta plática, después de ella sentí que podía volver a sentirme como antes, que podía recuperar la fe que había perdido y la alegría y el entusiasmo que antes de pertenecer a la Congregación sentía cuando pensaba en el día que fuera parte de ella.
Ese fue el primer momento del día de ayer que sentí un encuentro con Dios, o que Dios me hablaba de esa forma. Fue alrededor de las 11:20. A las 11:45 tuvimos un momento de oración comunitario en el que escogimos una estación del Vía Lucis entre algunas disponibles. El Vía Lucis es como el contrario del Vía Crucis: mientras en el Vía Crucis acompañamos a Jesús en el camino de la pasión y muerte, en el Vía Lucis recordamos los episodios en que Jesús aparece a sus discípulos después de su Resurrección. El hermano que preparó ese momento lo hizo de una forma nueva: ahora no íbamos a recorrer todas las estaciones mientras rezábamos y hacíamos cantos y no-sé-qué. Ahora se trataba de escoger una estación entre las que había disponibles (puso unas seis, o siete), sentarnos juntos los que habíamos escogido esa estación, leer la Palabra de Dios referente a ella, una reflexión que el Papa había hecho en torno a ella en la exhortación Christus vivit y después reflexionar y compartir nuestra reflexión. La estación que yo escogí se llamaba: “Jesús confiere la autoridad a Pedro”, y es el clásico texto del Evangelio según San Juan, capítulo 21. Ahora no tengo Biblia a la mano, pero espero cuando edite estas entradas dejarles el pasaje que me interesa aquí debajo para que ustedes puedan leerlo. Dejaré una nota, a ver si la veo cuando publique la entrada.
Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme.
En mi reflexión, me detuve en cómo Jesús parece cada vez más ir rebajando la exigencia hacia Pedro hasta alcanzar el nivel de amor que Pedro le puede ofrecer. Me refiero a lo siguiente: la primera vez que Jesús hace la pregunta a Pedro, la formula así: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. La pregunta no es sólo “¿me amas?”, sino “¿me amas más que éstos?”. Prácticamente dice “no basta con que me ames, quiero saber si me amas más que éstos, más que los demás”. Pedro no contesta con un sí y ya, ni dice: “¡claro, Señor! Por supuesto que te amo más que éstos, daría la vida por tí”, como seguramente hubiera dicho antes. En la Última Cena, cuando Jesús anuncia que lo van a arrestar y que tendrá que morir, Pedro le dice: “¡No, Señor! ¡Yo daré mi vida por ti, si es necesario!”. Ese mismo Pedro, que tan envalentonado estaba entonces, después de haber huído, de experimentar el miedo y sus debilidades y de darse cuenta de ello con el canto del gallo, ahora no está tan seguro de amar al Señor más que los demás, mucho menos quizá más que Juan, pues éste ha permanecido con Jesús hasta en la crucifixión aún con los riesgos que ésto implicaba. Así que Pedro, a pesar de hacer una respuesta afirmativa, rebaja el nivel de amor al que él le tiene: “Sí, Señor, te quiero”. Quizá no te amo más que éstos, quizá ni siquiera te amo, pero te quiero. Quiero estar contigo.
Jesús le contesta: “Apacienta mis ovejas”. Pero no parece contento con ésta respuesta. Así que Jesús baja la exigencia aún un poco más. Si no me amas más que éstos, entonces, dime: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. No importa que no seas el que me ama más, pero ¿me amas? Pedro vuelve a contestar exactamente lo mismo que antes: “Sí, Señor, te quiero”. Quizá no te amo más que los demás, ni siquiera te amo, pero te quiero. Y Jesús repite también: “Apacienta mis ovejas”. Y, sin embargo, una vez más no está contento con esa respuesta.
Ésta es la última pregunta. Jesús se ha dado cuenta de que Pedro en realidad no está contestando lo que Él le pide. ¿Qué va a hacer Jesús? ¿Exigirle más a Pedro? ¿Más de lo que él sabe que en éste momento puede darle, que es sólo cariño y no amor verdadero? No. Jesús más bien va a aceptar a Pedro en éste momento del proceso en el que está, lo que él puede darle en ese momento. Así que Jesús una vez más se abaja, abaja su exigencia hasta alcanzar lo que Pedro sí puede darle: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Ésta ha venido siendo la respuesta de Pedro, que por fin es una respuesta a la pregunta de Jesús. Pedro quizá lo siente como una desconfianza de Jesús en lo que le está diciendo, así que ahora pone al mismo Jesús de garante de lo que él está diciendo: “Señor, Tú lo sabes todo: Tú sabes que te quiero”. Con ésta respuesta es suficiente para Jesús, quien no solo le repite que tendrá que apacentar a sus ovejas, sino que le dice con qué tipo de sacrifico tendrá que agradarle. De alguna manera, le dice “está bien si estás en éste punto ahora, no necesito más para comenzar, sólo tu buena voluntad y tu cariño. Pero si vienes, si aceptas apacentar a mis ovejas, no te vas a quedar ahí. Vas a ir creciendo y creciendo en el Amor hasta ser capaz de dar tu vida por mí”.
Este pasaje del Evangelio me llamó tanto la atención porque yo también me siento así ahora. Ahora no puedo ofrecerle al Señor “amarlo más que éstos”, quizá sea el que menos lo ama de entre todos mis hermanos, quizá sea el que más dudas tiene, el que menos hace oración. Tampoco puedo ofrecerle amarlo: no sé cuánto amor tengo para Él, ni qué cosas sería capaz de hacer por amor a Él. Lo único que puedo ofrecerle es el cariño que le tengo, las ganas de estar con Él, de disfrutar de su presencia. Eso es lo que tengo para ofrecer: la débil convicción de que su Evangelio es lo que yo deseo para mi vida y de que vale la pena seguirlo. Y ayer, en medio de la reflexión, sentí que el Señor también me decía a mí: “Apacienta a mis ovejas”. Éso es lo que necesito de tí, éso me basta. Con éso vamos a comenzar de nuevo.
TréboL
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