Nota: esta entrada fue escrita el 24 de junio. Los hechos narrados en esta serie de entradas ocurrieron en la semana del domingo al viernes que inició con el domingo 23 de junio.
¡Hola!
Ayer dormí un poco más que de costumbre, unas ocho horas, así que hoy me levanté con bastantes ganas de iniciar bien el primer día completo de EE. EE. Nos levantamos alrededor de las seis y media y tuvimos Laudes, la oración de la mañana, a las siete. Siete y media estábamos desayunando y hubo un pequeño tiempo libre, que si no recuerdo mal aproveché para volver a acostarme un rato (xD) y a las ocho y media empezamos con la primera conferencia formal impartida por el P. Armando.
Había estado todo muy bien hasta que empezó a hablar de santidad y me preguntó qué entendía yo por santidad. Usé una definición que en nuestra Congregación es casi un cliché: “hacer bien los deberes de todos los días”. Inmediatamente descalificó mi respuesta, diciéndome: “un musulmán también puede hacer bien los deberes de todos los días, un ateo también puede hacerlo”. No sé por qué esto me molestó mucho, que descalificara mi respuesta e incluso luego la pusiera como ejemplo de que “a veces no entendemos bien qué es la santidad, como esa respuesta de ‘cumplir los deberes de todos los días’”. En realidad, creo que esa frase encierra más de lo que en un primer momento parece, mucho más si la complementamos con “estar siempre alegres en el exacto cumplimiento del deber”. Pero bueno, eso es otro tema. Después de que descalificó mi respuesta la verdad le puse bastante menos atención a lo que estaba diciendo, así que al final ni siquiera sé bien qué tantas cosas dijo durante el tema.
Me he propuesto hacer bien estos EE. EE. porque la verdad los necesito. Se supone que ésta semana tengo que escribir una carta pidiendo la renovación de mis votos religiosos (a partir de ahora, “renovación”), pero aún ni siquiera estoy seguro de querer renovar. Hay muchas cosas que me hacen estar inseguro al respecto. Las contaré, pero antes dejo a Beto porque ya hice demasiado largo el inicio de ésta entrada. Denle clic para seguir – como dicen acá en Guate – de shutes.
Creo que la dificultad más grande que tengo respecto a la idea de renovar es el pensar que quizá no soy suficiente para las exigencias que éste tipo de vida implica. Como he venido diciendo últimamente, uno de mis miedos es quedarme solo, y esta vida implica no tener una pareja estable, una familia. Tenemos muchos hermanos, sí, pero no hijos ni esposa ni nada por el estilo. Como estamos constantemente cambiando de ciudad e incluso de país, de repente te toca vivir con unos hermanos y de repente con otros. Al final, no le tengo miedo a estar sólo, sino a lo que pueda hacer yo cuando me siento solo.
Ya conté el otro día un poco sobre Carlos Mendoza, es un joven al que conocí una noche que me sentía solo y me puse a buscar a alguien desconocido para hablarle por WhatsApp, y él respondió bien a mis mensajes. Mi relación con él va contra todas las normas del código de ética de mi Congregación, pues ni siquiera sabe que soy religioso. Platicamos de cualquier cosa, de tonterías, de lo que le pasa a él o de lo que me pasa a mí, un poco disfrazado pues le oculto que soy religioso. Por supuesto que, como en una plática cualquiera de jóvenes, el tema sexual se asoma de repente y no le tengo miedo, también me gusta platicar sobre esas cosas, sobre todo con él porque me siento libre para hablar lo que yo quiera, no soy un referente moral para él como lo soy para el resto de personas que me conocen y saben que soy religioso. Al final, he pensado, lo que yo quiero es ser una persona normal, un joven que puede vivir con normalidad su vida. Hasta ahora el marcador va: no-renovación 1 – 0 renovación.
También me doy cuenta que el no sentirme comprendido en comunidad, los problemas que hay, me hace ser gruñón, anticomunitario, quejarme de todo, no querer estar con nadie, tratar mal a quien se me acerque. Quizá esto no se nota mucho, o quizá ha pasado ya a ser parte de mi estilo y por eso nadie me dice nada. En la comunidad me muestro mayormente frío, desatento, casi sin emociones. Pero los hermanos me han aceptado así. Quizá no demuestro mucho lo que siento con mis acciones, ni ando abrazando a los hermanos por aquí o por allá, pero saben que en los momentos importantes estoy ahí, que pueden contar conmigo cuando necesitan algo. Y también me mantengo objetivo en muchas situaciones, quizá por el mismo no estar inserto del todo en la comunidad. Pero al final siento que quizá a veces me arruino la vida a mí mismo porque no me hace feliz lo que hago (a veces así me siento) y de paso se la arruino a los demás por estar de amargator en la comunidad. No-renovación 2 – 0 renovación.
Pero lo que más profundamente me hace pensar que quizá no debería renovar es saber que quizá en algún momento de crisis pueda hacer algo que termine afectando a la Congregación. No sé, si ya he contactado a Carlos Mendoza y creado un personaje para ello, ¿qué sigue? Si lo de Carlos se supiera en la Congregación sería algo bastante malo para mí, no un escándalo pero sí algo que quizá ameritara que no aceptaran mi renovación, en primera porque estoy deliberadamente rompiendo el código de ética. No-renovación 3 – 0 renovación.
Por otra parte, también me veo afuera de la Congregación, haciendo las cosas que me gustan y no teniendo que perder el tiempo en cosas que no me interesan. No digo que lo que hago sea una pérdida de tiempo, pero a veces el tiempo que invertimos en la comunidad, en el estudio en esta Universidad malísima que estudiamos, la levantada temprano casi todos los días... siento que estoy perdiendo años valiosos de mi vida haciendo cosas que no disfruto del todo. No puedo estudiar ahora programación de videojuegos, algo que me apasiona; no tengo dinero para conseguir juegos de mesa que quisiera conseguir; no tengo el tiempo para dedicarme a apostolados que me gustaría dedicarme, ni para escribir la novela que tengo en mente, ni jugar los videojuegos que quisiera jugar. En fin, podría decirse que hasta cierto punto no soy ya dueño completo de mi vida, hay otras personas que deciden por mí. Y eso en un momento me pareció muy bien, claro, porque es el voto de obediencia. Pero a la larga me estoy cansando un poco de esto. Quisiera ser más libre (aunque no sé si realmente lo sería) para hacer las cosas que me gustan, tener tiempo para mí. No-renovación 4 – 0 renovación.
Para acabar de fregarla, está el tema de la existencia de Dios. Algo de lo que me sentía tan seguro hace apenas dos años, cuando estaba en el Noviciado, ha pasado a ser ahora algo extraño, incomprensible para mí. Desde hace tiempo no siento a Dios presente en mi vida, no lo siento en mi corazón, no puedo verlo guiando mi vida. El alma se me ha como nublado y he empezado a cuestionar cosas que antes eran incuestionables para mí. De repente, el mundo sin Dios se me antojó más comprensible y lógico que el mundo con Dios... aunque eso no quita que sea también un mundo infinitas veces más oscuro. Pero dudar de la existencia de Dios me ha hecho descuidar muchas cosas: mi vida de oración, mi confesión, mi relación con Él. Todo ésto ha pasado a segundo plano y ha sido sustituído por un deseo cada vez mayor de ser dueño de mí mismo. No-renovación 5 – 0 renovación.
Volviendo a lo que hicimos el día de hoy en los EE. EE., así empecé el día. Pensando seriamente en si sería buena idea renovar o no. Ayer, antes de dormir, me puse a leer un rato. Estoy leyendo también un libro que presenta los textos de unos EE. EE. predicados a hermanos de mi Congregación por el encargado mundial de la misma hará unos quince o veinte años quizá. El librito me ha gustado mucho. Ayer leí una parte que hablaba de Nuestro Fundador, de cómo él vivió su espiritualidad y el servicio a los demás, especialmente a los jóvenes. Las palabras de ese librito me emocionaron mucho y me hicieron caer en la cuenta de algo: quizá he empezado a dudar de la existencia de Dios, pero nunca he dudado de los ideales del Evangelio. Nunca he dudado de los mensajes que están en la Biblia, en el Evangelio, que conducen a la plenitud de la humanidad. Tampoco he dudado del proyecto de vida de Nuestro Fundador, de su misión, de todo lo que hizo para salvar almas. Y, por supuesto, aún dudando de la existencia de Dios, no puedo dudar de la existencia de Nuestro Fundador, ni del hecho de que todo lo que logró lo hizo teniendo a Dios por motor de su vida, el único propulsor de toda su amplia labor apostólica que tantos frutos ha dado.
Así que hoy en la mañana, después de la conferencia (así se llaman las charlas que da el predicador) decidí tomar mi cuaderno e ir a la capilla (una capilla muy bonita, por cierto, bien iluminada y con vista a las áreas verdes de la casa). Pensé que habría alguna otra persona ahí, pero no, estaba vacía. Estuve ahí como una hora, haciendo oración, escribiendo en mi cuaderno lo que quería decirle al Señor. Transcribo algunas partes de esa oración:
Señor:
Tú sabes lo mal que vengo a éstos EE. EE. Nuestra relación ha cambiado muchísimo. Quiero darte una segunda oportunidad.
Sí, yo dártela a Tí, Señor. No porque Tú me hayas fallado, sino porque yo he dejado de creer en Tí, de acercarme a Tí, de estar seguro que eres Tú el único que puede ofrecerme la felicidad verdadera. Me he alejado de Tí, y lo he hecho más mientras más he dudado de tu presencia en mi vida, Señor, porque ya hace algún tiempo que no te siento presente. Quizá me he llenado de pecado, y el pecado me ha estado alejando de Tí, me ha robado la alegría del corazón que tenía antes.
Me ha invadido el miedo. Miedo a la muerte, miedo a que no existas, miedo a no ser suficiente para mantenerme fiel a la vocación religiosa, miedo a quedarme solo. Casi podría decir que incluso tengo miedo a tener miedo. Miedo a no hacer las cosas bien, a ya no saber quién soy, a arrepentirme de ser religioso.
Señor, recuerdo cuando te sentía presente en mi vida, sabía que estabas conmigo. Tampoco te veía, pero simplemente sabía que ahí estabas y que no me abandonabas. Los valores de Tu Evangelio aún logran apasionarme, Señor. Tu figura, Jesús, un Dios hecho hombre por amor al a humanidad, capaz de perdonar, de sufrir con nosotros también. El perdón que otorgabas, la humanidad, el esplendor con que sabías relacionarte y cambiar los corazones de las personas sigue siendo para mí algo fascinante. Lo mismo pasa con la vida de Nuestro Fundador. ¿De dónde le venía su genio creativo, su espíritu innovador, el ardor apostólico con el que trabajaba en favor de las almas? Sólo puede haber sido de Tí, Señor. Tú eres el motor que lo impulsó a hacer de su vida algo especial en favor de tantas y tantas personas.
Señor, aún con todas mis dudas y dificultades, aún sin saber si tengo o no lo necesario para ello, sí sigo sabiendo una cosa: que quiero ser como Jesús y como Nuestro Fundador, eso quiero hacer con mi vida. He llegado a dudar mucho si Tú existes o no. Pero creo que hasta ahora no he dudado del mensaje de amor que tienes para nosotros. Creo que eso podría ser un buen nuevo comienzo seguro, para de ahí ir escalando de vuelta hacia Tí por un buen camino, para cimentar mi relación Contigo de nuevo.
Algo hay en mi interior que te exige, exige que existas, que estés ahí, que no me abandones. No sé si sea un puro truco psicológico o la revelación íntima de la existencia de un ser trascendente. Lo único que sé es que no puedo vivir si no es pensando en Tí como alguien real y presente en mi vida. Gracias, Señor. Ayúdame a amarte y a amar a los demás.
Con esta oración inicié mi día, y fue casi lo único positivo que hice. Pero ésta oración me hizo darme cuenta de algunas otras cosas. Por ejemplo, había sucumbido a la idea de que quizá Dios es un invento del hombre que teme a la muerte, a lo desconocido, a lo que puede suceder. Pero ahora me doy cuenta que cuando más miedo he tenido a la muerte, a lo desconocido, a lo que pueda suceder... menos me ha servido Dios. No me malinterpreten en el sentido de que quiero que Dios me sirva, me refiero a que cuando más miedo he sentido, menos he podido creer en Dios. Quiero pensar que ésto es porque nuestro Dios es un Dios del amor, no del temor. Las dos caras de la moneda tienen sus cuestiones irresolubles: creer o no creer. Pero me ha parecido extraño. No es que mientras más crea en Dios menos miedo tenga, sino que mientras menos miedo tengo más soy capaz de creer en Dios. Es decir, al menos en mi caso, el no tener miedo y estar dispuesto a amar y a abrirme a los demás y a mí mismo es condición indispensable para creer en Dios. Creo que en esa frase resumo lo que hoy he aprendido. Y de esa manera, Dios no puede ser para mí algo que yo crea por temor a la muerte. La pregunta es: ¿lo podrá ser para alguna persona? Mi respuesta hasta ahora es que no, no si de verdad cree en el Dios cristiano.
El resto de cosas que hice no fue tan relevante. Hubo un tiempo de juegos de mesa que disfruté, sobre todo porque pude estrenar el Carcassone y el Camel up que compré en Panamá. Después hubo otra Conferencia, pero en ésta me dio tanto sueño que en cuanto terminó me vine a dormir al cuarto y cuando desperté ya era hora de la misa. Asistí a misa, comulgué (aunque debería confesarme pronto, quizá lo haga mañana o pasado), cenamos. Después hubo una hora libre antes de las oraciones de la noche, así que volví a aprovechar para irme a la capilla, ésta vez sin mi libreta, dispuesto a pasar ahí la hora completa en oración de cualquier tipo, pero en la presencia de Jesús en la Eucaristía. Me costó mucho al inicio, no podía concentrarme ni sabía cómo hablarle a Dios. No sabía qué decirle. Empecé con dificultad, no recuerdo bien cómo. Le pedí que me iluminara con su Espíritu Santo, que me permitiera volver a sentirlo cercano. Ya más entrado en la plática, hasta le dije que me abrazara y no me soltara, como yo sentía antes que hacía conmigo. Me sentí por un momento como el Hijo pródigo, regresando a casa de su padre, cuando éste lo recibe con abrazos y con un festín completo, con mucha alegría por haber recuperado a su hijo que se había perdido en las mujeres, el alcohol, las fiestas... lejos de su padre, por no haberse sentido hijo. Pues ése soy yo hoy, y espero seguirlo siendo mañana. Tengo aún muchas cosas en las cuales debo regresar a Dios.
El día de mañana voy a platicar con el P. Alejandro, un coloquio. Ya que el P. Fello no me contestó, espero poder platicar con él algunas de las cosas que iba a decirle, desahogar un poco mi alma con él. Y pedirle consejo sobre lo de la renovación. Al final, con las oraciones que hice hoy, el marcador de No-renovación vs Renovación terminó valiendo, porque sentí de nuevo en mucho tiempo ese impulso de “quiero ser como Jesús, quiero ser como Nuestro Fundador”. Quiero servir a la gente igual que ellos, quiero hacer de éste mundo un lugar más humano, más amigable, menos tenebroso según mis posibilidades. Estoy seguro que a eso quiero dedicar la única vida que tengo.
Eeeeeeeeeeeeeeeeeeen fin, ya les platicaré qué tal me va mañana. Por ahora ya debo ir a dormir. Nos vemos mañana!
TréboL
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