Hoy una plática con el P. Rómulo me devolvió las fuerzas que necesitaba para hacer un cambio radical en mi vida... o al menos para intentarlo de nuevo. El problema de ser religioso es que tienes que ser perfecto. La verdad no, pero sí tienes que ser muy bueno. Eres como un ejemplo para todos, y eso para mí a veces se convierte en una carga. Estos últimos meses (quizá desde el año pasado) vengo notando que ser religioso se ha convertido para mí ya no en una alegría, la alegría de donarme, de amar, de estar con Dios y con las personas a las que Dios me envía, sino una cosa que tengo que hacer por obligación, un compromiso del que no puedo zafarme. De repente hacer oración se me antoja pesado y difícil, no se me ocurre nada qué decir cuando estoy a solas en la capilla. Mi oración parece la misma de toda la vida: gracias por este día, perdón por lo que hice mal. Caigo en los mismos pecados todos los días y al final ni siquiera me importa. Hasta un cierto punto me he acostumbrado a verme como insuficiente para esta vida y de todos modos seguir aquí. Vivo no con el temor, sino con la certeza de que no podré mejorar... y, como dice la canción de The Dear Hunter, yet here I breathe.
Pero bueno. Hoy un chavo de aquí de Panamá vino a platicar con nosotros, supuestamente un vocacional. Un joven bastante extrovertido, que hablaba hasta por los codos. Tenía veintiséis años, y empezó hablándonos de Lo que callamos las mujeres y no sé qué otras cosas completamente innecesarias pero que él estaba muy contento de contar. Yo lo escuché, cambiando de opinión miles de veces mientras lo oía. En un primer momento me pareció que era alguien que lo único que buscaba era llamar la atención. Después no estaba seguro. En el medio decidí escucharlo con atención y ser optimista respecto a él, pero me daba cuenta que no era el tipo de persona que puede ser religioso, no en nuestra congregación. Al inicio que contó un montón de cosas me dí cuenta - o me pareció - que la fe que tiene es sincera, hace las cosas por gusto. Nos dijo que rezaba el rosario todos los días, y me consta que ha venido a misa más de alguna vez entre semana. Abro un paréntesis para decir que acá en Panamá he conocido muchachos que vienen a misa TODOS LOS DÍAS, sin compromiso alguno, porque les gusta, porque les queda bien el horario, no sé. Y yo, que tengo la misa en el horario, muchas veces no quiero ir. No es que no quiera, pero es que a veces se me ha hecho también una rutina insoportable.
En fin, cerrando el paréntesis, el chavo empezó a lanzarnos algunas preguntas. Preguntas de todo tipo, no tengo la más mínima idea de dónde las sacaba. Que quiénes éramos, de dónde veníamos, cómo había nacido nuestra vocación, cómo era nuestra oración, nuestro horario. Me hizo tres preguntas más específicamente que no supe cómo contestar. Cómo nació mi vocación, cómo era mi oración y cómo le hacía para actualizar el carisma en mi trabajo diario. La más fácil de contestar es obviamente cómo nació mi vocación, porque es un hecho histórico (por decirlo así), algo ya sucedido y que me limito a narrar una y otra vez, aunque la narración no sea algo que pueda entusiasmar a nadie: "inicié en grupos juveniles, y me gustó, conocí un Padre y quise ser como él", ése es el resumen. Pero cuando me preguntó por la oración no supe qué decirle, en primera porque desde hace meses mi vida de oración está agonizando. Dios sabe que es muy poco lo que platico con Él, y lo poco que lo hago quizá no lo hago de corazón. A veces me he visto a hacerlo forzado, porque no quiero dejarlo del todo. Porque lo necesito yo mismo. Pero me es difícil hacer oración con la duda existencial que tengo: Señor, ¿existes? ¿Realmente estás aquí, conmigo? ¿Puedo confiar en ti, en el Reino que nos prometes, en la felicidad que ofreces? Muy dentro de mi corazón - tú lo sabes, Señor -, ruego porque la respuesta a esas preguntas sea sí. Aún sin estar seguro de que existes, dentro de mí te pido que lo hagas, que existas, que seas real. No podría vivir en un mundo en el que no existieras: un mundo ante el que nos presentamos como criaturas especiales, con dignidad por la forma en como somos capaces de pensar, de sentir, de amar, y sin un garante que proteja nuestra dignidad, no tiene sentido. Si cualquier persona puede llegar, secuestrarme, torturarme, asesinarme brutalmente y además pedir dinero a mis familiares por el rescate y que ellos se lo den para que después encuentren mi cuerpo tirado en cualquier basurero, y que no exista un Dios que después de esta vida haga justicia... no me parece. No vale la pena un mundo así. No vale la pena la dignidad que reconocemos en nosotros.
Pero bueno, ya cambié bastante de tema. Estaba con que mi vida de oración ha sido un asco últimamente, es mi culpa, lo sé. Y sé que podría ponerle fin a esto. Sé cómo hacer oración todavía. Sé que echándole ganas y rezando y practicando y no soltando la oración puedo mejorar en mi vida espiritual. El problema es que no quiero mejorar, no así. Estoy poniendo a prueba mi fe, porque quiero estar cierto de lo que creo. La oración puede causar ciertos efectos psicológicos, creo yo, que me hagan creer que Dios existe, que está conmigo, pensando más en él. Este tema tomaría una entrada completa, es muy extenso, así que quizá lo deje para más adelante. La cuestión es que no oro mucho, y no me dan muchas ganas de orar hasta no llegar a una solución al problema de Dios que me satisfaga. Ya tengo una línea de reflexión que se me ocurrió hoy, y es precisamente la línea de la felicidad y el amor vs el pecado (debería ser un tema que cumpla el "criterio de verificación", que sea comprobable incluso empíricamente y me sirva como base para defender la idea de Dios). Pero, como dije, eso podré explicarlo en una entrada posterior.
La siguiente pregunta sobre cómo actualizaba el carisma del Fundador en el trabajo cotidiano también me dejó sin palabras. ¿Cómo lo actualizo? No lo sé. Ese es otro problema No sé si lo actualizo. Parte de mi sentirme incapaz de ser religioso es ése: no sé cómo voy a hacer para trabajar con las personas que Dios me ha confiado. No quiero regarla, o cagarla si me permiten la palabra. No quiero hacer una tontería, y sé que soy débil. Me considero así. No sé si sea lo suficientemente fuerte para llevarlo a cabo, no sé a cuántas personas en lo que llevo de proceso he podido marcar, en cuántas vidas he sido significativo. De verdad no lo sé, y mi mayor miedo es que la respuesta sea que no en muchas. Mi mayor miedo es no poder llegar al corazón de las personas que se supone que he de acompañar. Bueno, quizá sea mi segundo mayor miedo. El primero, al menos hasta donde siento ahora, sigue siendo la muerte, que me parece algo tan irreal que no puedo entender cómo es que existe, ni por qué.
Ya sé que inicié la entrada hablando del P. Rómulo y una plática que tuve con él, pero me extendí demasiado en la plática con el vocacional de nombre Adrián y después ya no dije nada de lo otro. Supongo que puedo guardarlo para mañana, sobre todo teniendo en cuenta que ya hice algo como producto de la plática de hoy con el Padre y estoy esperando respuesta, así que quizá mañana pueda venir con alguna noticia más sobre este asunto. Sí, efectivamente, hoy no estoy tan enfadado como ayer :).
Nos vemos pronto!
TréboL
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