miércoles, 21 de noviembre de 2012

Soñadores

El primero de una serie de cuentos cortos que voy a escribir para un concurso de cuentos cortos. La idea me ha costado desarrollarla y no me ha gustado mucho cómo escribí el final, pero bueh. Espero que a más de uno le haga reflexionar y les guste, nunca había escrito algo parecido, ya se darán cuenta cuando lean el final de que no es el tipo de cuento que suelo escribir, aunque presenta aún características muy mías de mi estilo :P. Ah ni yo entendí qué quise decir xD. Bueh, les dejo a Beto y enseguida el cuento.

Soñadores

El sueño convertía a las palabras de mi libro en meras secuencias de signos bailoteando alegremente frente a mis ojos. La pesadez de mis párpados era tal que, antes de perderme en la inconciencia, pude imaginarme a mí mismo intentando levantarlos como si fuesen pesas de gimnasio.

Un ruido sordo me despertó no mucho después. Por fin alguien tocaba a la puerta. Miré al reloj de pared: casi era la una de la mañana. Tenía que ser él, así que fuí a abrir.

Ante mí apareció la imagen de un señor barbón y narigón, sucio de pies a cabeza, con ropajes harapientos y rotos. Tenía un olor a sudor y a vómito que era casi imposible de aguantar. Si no supiera bien quién era ése tipo, habría pensado que tenía enfrente mío a un pobre mendigo del montón.

Noté que intentó abrir la boca para decirme algo, pero no lo logró.

- Pasa, papá - le incité, intentando parecer amable.

Era la tercera vez que llegaba borracho a casa después de medianoche en apenas una semana.

Desde que mamá había muerto hacía un año, mi padre se había convertido en un caos total. Él era un hombre grande, fuerte, admirable, que había sabido sacar a su familia de una situación de pobreza que más de una vez estuvo a punto de matarnos de hambre. Era trabajador, y con su esfuerzo nos hizo recobrar la cordura y los ánimos en tiempos en los que apenas podíamos permitirnos un plato de sopa. Luchó incansablemente y nos sacó adelante hasta el punto en el que, antes de que mamá muriera, teníamos una estabilidad económica bastante envidiable. Yo quería ser como papá, sin duda alguna.

A nadie le gusta ver cómo sus héroes caen, y yo tuve que ver a dos hacerlo casi al mismo tiempo. Mamá murió, un accidente automovilístico en el que papá iba manejando. Iban ellos dos sólos, y él quiso rebasar a otro carro. Nunca se perdonó el hecho de haber causado la muerte de ella, y constamente dice que él debió haber sido quien muriera: cosas que pasan.

Mamá está muerta desde hace un año, y desde hace un año papá, en cierto sentido, también lo está. Una semana después del funeral retomó su viejo hábito de fumar. Según él lo hacía a escondidas para que no me enterara, pero lo había visto por una ventana mientras fumaba fuera de la casa. Se suponía que yo dormía, pero había tenido una pesadilla y no podía conciliar el sueño. Entonces, me asomé por la
ventana y ví al cigarro, al maldito cigarro asomando encendido de su boca.

Ustedes no saben, no creo que sepan qué significa para un adolescente de apenas dieciséis años ver cómo todo su mundo se le viene abajo, cómo la persona a la que idolatraba de repente se queda sin ánimos, sin esperanzas, sin... espíritu. Sin vida. Con miedo. Vulnerable.

Pero éso no terminó ahí. Antes del mes, papá empezó a tomar, algo que nunca había hecho antes. Al principio fue poquito, no llegaba borracho ni nada, y no era un hábito frecuente. Su adicción al tabaco aumentó tanto que llegó un momento en el que no pudo seguir ocultándomela, y como si fuera una lucha entre las botellas y las cajetillas por ver a cuáles prefería, la frecuencia con la que tomaba y el número de cervezas que podía terminarse en una noche aumentaron alarmantemente de un mes al siguiente.

De éso que les platico han pasado nueve meses. Nueve meses en los que papá llega cada vez peor, y éso cuando llega. Nueve meses de borracheras, nueve meses en los que pocos son los momentos en los que está sobrio y puedo platicar bien con él, como solíamos hacerlo antes. Son tiempos que maldigo y odio con toda mi alma, con todo mi ser. Me han arrebatado a mi héroe, a mi ídolo... a mi papá. Ése tipo borracho frente a mí no es a quien Dios me ha otorgado como padre.

Y yo le he preguntado miles de veces. ¿Por qué, Dios? ¿Qué hice yo para que
pasara todo éso? Lo he consultado miles de veces con la almohada, miles de veces con mis amigos verdaderos (que son poquitísimos) e incluso una vez con mi sacerdote confesor. Si quieren saber algo, no entiendo a Dios. Es más: últimamente estoy pensando que quizá no existe, que quizá es una invención del hombre que le tiene miedo a la muerte y ya. O, si existe, seguramente ya vio la mierda que los hombres somos y simplemente hizo sus maletas y se fue a un lugar mejor.

¿Quieren saber qué me dijo el confesor? «Ora y ten mucha fé, pues Dios está contigo. Sueña con que todo mejore y trabaja por ello. Al fin y al cabo, soñar no cuesta nada». ¿Y quieren saber otra cosa? Lo he intentado. Incontables veces en oración le he pedido al Señor que me ayude, que me saque de mi infierno, que ayude a mi papá a salir de sus estúpidas borracheras. Que nos devuelva la paz y la estabilidad, y he soñado mucho con el día en que papá se decida a dejar de tomar. Pero me he dado cuenta de que el sacerdote estaba errado: soñar cuesta, y cuesta caro. Cuesta levantarte todos los días y descubrir que todo sigue igual. Duele ver morir lentamente a papá sin poder hacer nada, porque todos tus esfuerzos parecen vanos. Todas las veces que he hablado con él, todo lo que he hecho para que mejore... no tiene sentido. Él no va a cambiar, y lo he aprendido por las malas. Yo mismo estoy muriendo por su culpa ahora, ahogado en mis sueños rotos como el ingenuo soñador que fuí. Pero no más.

- ¿Por qué hasta ésta hora? - Le pregunté, intentando ocultar mi frustración.

Tenía una botella medio llena en la mano derecha, que casi tira mientras entraba tambaleante en la casa.

- ¿Ya vino Willie? - Inquirió arrastrando las palabras.

No sabía quién era Willie, pero pude notar algo distinto en su acento. No sólo eso, cuando se pudo sentar en el sillón donde yo había estado leyendo, noté que sus ojos estaban más rojos que de costumbre, y despedía un olor distinto. Un olor que pude reconocer muy bien porque algunos de mis compañeros de escuela también olían así: marihuana.

Así que ahora se drogaba, ¿no?

Pues bien, a la mierda todo.

- ¿Me puedes decir qué demonios hiciste ahora? - Le reclamé, mostrando ya abiertamente mi enojo.

Él guardó silencio mientras sus horribles ojos vidriosos me miraban como intentando comprender qué estaba pasando.

- ¿QUÉ DEMONIOS PIENSAS QUE ESTÁS HACIENDO, EH? - le grité en su cara. Sentía la pulsación de la sangre en mi cabeza y las lágrimas de rabia empezaron a brotarme - ¿ESTÁS CONTENTO? ¡ME ESTÁS MATANDO, ¿TE DAS CUENTA?!

Pareció empezar a mostrar algo más de interés por lo que le decía, pero su miada vacía me indicaba que quizá él estaba en otro lugar muy lejano, lo cual no hizo sino enojarme más.

- Soñar cuesta, papá - rompí a llorar descontroladamente, y entre sollozos saqué lo que sentía -. Yo sueño, yo he soñado con el día en que volvamos a ser una familia como antes, yo contigo como mamá hubiera querido. Pero no. Soñar cuesta, y yo ya me cansé de soñar, padre. ¿Por qué me haces ésto? ¿Por qué te empeñas en empeorar?

Su silencio me afirmó que él no entendía nada de lo que le decía, que quizá estaba tan drogado que nunca volvería. Lo había perdido para siempre.

Cuando me había resignado a dar media vuelta e ir a dormir, noté que con la mano hacía un muy leve movimiento indicándome que me acercara. Ésto me dejó extrañado un momento, pero hice caso de la indicación y me inqué frente a él.

Sus palabras eran frías, cortantes y apenas entendibles.

- Soñar cuesta - susurró; hizo una pequeña pausa y luego prosiguió -. ¿Quieres saber mi sueño? Sueño con el día en que mamá esté de nuevo aquí, con acariciarle otra vez y con sus palabras sabias siempre.

Se hizo el silencio y papá calló. No sabía qué pensar y no quise interrumpirle porque era obvio que iba a continuar, pero se tomó su tiempo. También empezó a llorar.

- Mamá está conmigo - afirmó lloriqueando -. El alcohol la trae a mí. Soñar cuesta, pero despertarte a la realidad cuesta más. ¿Querías saber por qué tomaba? Con ella soy feliz. Déjame ser feliz. No eres el único que ya se cansó de soñar.

Cuando terminó, le dio un trago grande a la botella de alcohol y luego la tendió en su mano hacia mí, ofreciéndomela.

No tuve que pensarlo dos veces. Tomé su mano y luego quité de ella la botella delicadamente. La dejé en el piso y le dí un abrazo a papá por detrás del sillón.

- Te quiero mucho - le dije -. No te rindas.

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