He estado queriendo escribir esta carta desde hace tiempo. Digo queriendo escribirla en realidad al revés, como quien sabe que tiene que hacerlo aunque en realidad no quiere. Y no quiero por varios motivos, uno de ellos porque en general creo que estamos bien. Siempre hay el miedo de que si le mueves a algo que funciona, se descomponga. Así un poco me siento yo. Aunque ya hay situaciones que hacen que se mueva un poco nuestra relación.
Creo que una de ellas es cuando voy de vacaciones. Mientras estoy lejos, las cosas se mantienen bien. Quizá sea el hecho de que solo hablamos una hora por semana, de que no compartimos casa y no tenemos necesidad de interactuar. El hecho de qeu ustedes me apoyan y yo intento mantenerlos contentos escribiéndoles y preguntándoles cómo están o cómo va alguna situación. Pero no es lo mismo a la hora de llegar a casa. Y no es que lo anterior sea falso, o al menos no me parece así. Pero no es lo mismo hablar con alguien que vivir con él, compartir una hora a la semana que compartir una semana entera.
Estoy dando vueltas sin sentido al tema. Quiero profundizar un poco en por qué cuando voy de vacaciones no me gusta que me compren cosas, a pesar de que ustedes insisten tanto en esto. Puede parecer una nimiedad, pero cada vez que voy de vacaciones sale de nuevo el tema y sucede lo inevitable: terminamos peleados o enojados o incómodos porque ustedes quieren comprarme otro pantalón, otra camisa u otro lo-que-sea y yo les insisto en que no, que ya tengo suficientes y que no lo necesito, y al final ambos nos sentimos mal. Para serles sincero ni siqueira yo estoy seguro de por qué pasa esto, por qué no quiero que me compren cosas. Voy a intentar describirlo.
Una cosa que me pesa especialmente y que en realidad no hemos platicado es la cuestión de ayudarles a mantenerse en unos años que ustedes sean ya demasiado grandes para trabajar. Quizá estoy pensando mucho en el futuro, pero creo que también es importante. Cuando era pequeño ustedes me repitieron muchas veces que una persona adulta tenía que mantener a sus padres. No les estoy echando la culpa de lo que siento ahora. Solamente quiero explicar lo que traigo atorado en el corazón. Pues cada vez uqe voy de vacaciones veo de nuveo el esfuerzo económico grande que hacen ustedes, a pesar de que usualmente yo también llevo dinero y podría apoyarles, pero no me dejan. Salimos de viaje a Guadalajara o a Querétaro o a cualquier otro lugar. Comemos en algún restaurante, vamos a algún hotel, paseamos por aquí y por allá. Usualmente no puedo aguantarme las ganas de comprar algún libro o algún juego de mesa si hay la oportunidad, y ustedes insisten en apoyarme con algo de dinero para comprarlos. Y al terminar las vacaciones siempre me dan algo también para después.
Quizá haya otro motivo. No todo es también preocupación por ustedes, aunque en el fondo sí la hay. Pero también creo que es una cuestión de independencia. ¿No tengo ya acaso 26 años? Pero no creo que ustedes se den cuenta aún. Siempre he sentido que me han tratado como un niño pequeño, aún cuando hace mucho dejé de serlo. Entiendo que, al parecer, así son los papás. Bueno, no todos. Al menos ustedes sí. Hay algunos a los que no les preocupa dónde estén sus hijos o qué estén haciendo. Los tratan como adultos desde muy pequeños, dejándoles salir a la calle sin supervisión y juntarse con quien quieran, que rara vez platican con ellos. En ese sentido les agradezco también mucho el cariño y el cuidado que han tenido conmigo. No puedo estar de acuerdo con ustedes en todo ni en todos los detalles de cómo nos criaron, pero quizá tampoco es necesario. Sé que hicieron lo mejor que pudieron, sé que vieron por nosotros, sé que estuvieron ahí como muchos padres no están. Y de eso les agradezco.
Por otra parte también es este sentimiento de independencia que en realidad nunca he tenido del todo. Aún estando lejos siento que he dependido mucho de ustedes. Cuando empecé el aspirantado fue un choque muy grande para mí. Tuve que empezar a hacer cosas que usualmente no hacía, o que estaba acostumbrado a que ustedes hicieran por mí o me ayudaran, y ahí no fue así. Desde limpiar el cuarto, escoger la ropa que iba a usar, decidir por mí mismo qué hacer en ciertas situaciones, andar de acá para allá, administrar mi dinero. Bueno, quizá eso ya lo hacía porque ustedes me daban algún dinero a la semana para que lo usara bien. En el aspirantado empecé a hacerme un poco más adulto, a ser más responsable, más independiente. Pero cuando regreso de vacaciones a casa, de repente me encuentro con que para ustedes seguía siendo el mismo niño incapaz de velar por sí, incapaz de decidir cuándo necesitaba unos calcetines nuevos o cuándo le eran suficientes los que ya tenía. Creo que quizá eso es lo que más lucho y lo que me hace negarme rotundamente a que me compren cosas nuevas.
Sí, arriba también está la preocupación sincera por el dinero, aunque creo que sé que comprar un pantalón más o menos, gastar mil pesos más o menos, no les va a afectar mucho. Tengo mucha fe en que ustedes puedan jubilarse con una pensión digna, que las rentas o los ingresos mensuales que tienen les ayuden, que mi hermana conseguirá un buen trabajo y podrá apoyarles, e incluso ya he visto que la Inspectoría destina una cierta cantidad a ayudar a las familias de los salesianos que lo necesitan, así que en realidad es una preocupación que va pasando un poco, aunque también es algo que me hace sentir un poco malagradecido o... incómodo a la hora de generarles más gastos.
Por lo demás la relación va bien, aunque estoy de acuerdo en que podría ser más profunda. Nuestra relación siempre ha sido algo superficial, aunque creo que está bien. Ciertamente me gustaría profundizarla un poco más, pero quizá confío en que el tiempo y las herramientas que voy ganando me van ayudando a ser más cercano con ustedes, a conocerles mejor.
Me voy. Gracias por todo. Los quiero, aunque sigue costándome decirlo.
- TréboL
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